A veces la gente se marcha para no volver. Te deja en el pasillo de tu casa con una culpa que pincha como miles de alfileres juntos apretados en un puño. Te apoyas sobre la pared y te dejas caer poco a poco, rozándote con algo que no es él. Te sientas en el suelo y lo único que sabes articular en un grito sordo que ni los vecinos de al lado pueden oír.
Se lo qué he hecho mal, que me puede mi mal genio, esas ganas de que te gires y dejes de lado ese enorme orgullo que me come viva cuando sale a flote.
No hay nada peor que vivir en la ignorancia... de tí, de tu mundo.
Te busqué en los bancos, en los andenes del metro, en esa máquina dónde juegas al tenis, en la pantalla de mi móvil, en las decenas de fotografías que tengo, en los recuerdos, en cada uno de las granos de arena que me trajiste de la playa hace más de un año. Y es que no sé dónde demonios estás. Soy incapaz de llamar a tu casa, de preguntar por tí porque ni ellos saben quién soy. No yo tampoco lo sé.
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